La puerta donde se acaba el sueño americano
Miércoles, 26 de marzo de 2014
Es una puerta: tiene el dintel a unos dos metros de altura y el ancho suficiente para dejar pasar a una persona por vez. Como una puerta en una casa cualquiera, que separa la habitación de la sala, aunque ésta se use como vía de salida de Estados Unidos a México.
Por ella son deportados los mexicanos sin papeles una vez que son arrestados por las autoridades estadounidenses: en 2013, fueron 322.600.
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Una puerta de hierro fundido, con las costuras mal terminadas y un enorme candado con cadena, oxidada por el viento y la sal del océano Pacífico que se encuentra a apenas unos kilómetros. Pequeña, ridículamente pequeña en comparación con el muro fronterizo que la contiene, que se extiende hasta donde se pierde la vista.
La llaman El Chaparral, o Módulo Whisky-3 en la jerga alfanumérica de las fuerzas de seguridad, y queda cerca de la esquina oeste de la frontera binacional, donde la ciudad californiana de San Diego se encuentra con Tijuana.
Es el último pedazo de suelo estadounidense que verán los deportados mexicanos, los únicos latinoamericanos que -al compartir un borde físico con el país del norte- son expulsados a pie.
II
Lo que más temor le da a Manuel Fonseca es abrir el buzón de su casa por la mañana.
"Mi vida depende de la carta", dice. Se refriega las manos y respira, muy hondo. "¿Qué hago yo si llega la carta?"
La temida misiva es la que podrían enviarle las autoridades migratorias estadounidenses para estipular el día de su deportación. Puede ocurrir en cualquier momento: le queda menos de un mes de la última extensión que consiguió por vía legal y ya agotó todos los caminos que le sugirieron los abogados.
Como le ocurre a muchos otros indocumentados, una falta de tránsito puso a Manuel (aquí, con su esposa) en el camino de la deportación.
Este mexicano de rostro enjuto y cejas casi tan anchas como su bigote lleva en ello desde 2010, cuando la policía lo paró por manejar un auto maltrecho que creyeron robado. No tenía licencia: no tiene derecho a una, como le ocurre a muchos de los 11 millones de indocumentados que se estima viven en el país. Manejar sin permiso fue parte de la vida en las sombras que asumió desde que, en 1993, entró ilegalmente a Estados Unidos.
Vivió así hasta que llegó la requisa de los agentes de tránsito: tan pronto detectaron que era un illegal alien -el rótulo con que el gobierno estadounidense identifica a los sin papeles- lo llevaron al centro de detención de Otay, a media hora de su casa en los suburbios de San Diego.
"Yo era azul", dice a BBC Mundo, para explicar el código de colores que rige tras las rejas. Azul son los presos de baja peligrosidad, como la mayoría de los que están allí por delitos de tipo migratorio, puestos a convivir con "los rojos" y "los naranjas", acusados de crímenes más graves.
Fue el azul, la buena conducta, el historial criminal limpio lo que lo ayudó a conseguir una fianza para esperar el resultado de su caso de deportación junto a su mujer Betsabé y sus dos niños, en su casa modesta y prístina, que huele a mango y duraznos recién cortados y está repleta de dibujos infantiles y fotos familiares.
Poner el peso de la casa sobre los hombros de su esposa y perderse las prácticas de fútbol del menor de la familia: no puede ni pensar cómo sería su vida de deportado.
"Dicen que deportan a criminales, gente delincuente... Pero no es verdad, míreme si no a mí".
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